Asturias es, sin duda, uno de los grandes tesoros naturales de la Península.
La vegetación es muy variada, por la confluencia de ambientes climáticos diversos que proporcionan una gran riqueza florística, con encinares, montes ganaderos, humedales, hayedos, robledales, riberas y pastos, además de abundantes endemismos.
No es una casualidad que nos encontremos con los más diversos paisajes asturianos, desde el mar a la Cordillera Cantábrica, pues no hay dos que sean iguales.
La especie Betula pendula es un árbol esbelto que puede alcanzar los 30 metros y cuya madera es útil en la fabricación de madreñes que en algunos casos se ahúman con su propia corteza quemada, proporcionándoles una coloración oscura. La corteza es blanca y agrietada transversalmente y sus ramas jóvenes son delgadas, péndulas y con numerosas verruguitas.
Las hojas son romboidales o triangulares y doblemente dentadas. Las flores, que aparecen antes que las hojas, son verdosas y muy pequeñas, creciendo tanto las masculinas como las femeninas en el mismo árbol y disponiéndose en amentos péndulos y que en el caso de los femeninos presentan escamas.
El Betula pendula, en Asturias, se mezcla con los robles y castaños en el piso basal, si bien al ser un árbol de corta vida comúnmente pionero y colonizador de suelos arenosos o muy húmedos y no tolerar la sombra, acaba siendo desplazado por los grandes ejemplares de estas dos especies. A veces también se encuentra en otras formaciones arboladas del piso basal y montano.
La especie Betula pubescens subsp. celtiberica se distingue por el margen de sus hojas, que está simplemente dentado y presentan pelos, sobre el envés, en la axila de los nervios. Las ramas jóvenes son pubescentes y la corteza parduzca o grisácea no agrietada.
El Betula pubescens subsp. celtiberica forma en Asturias bosques casi monotípicos por encima de los hayedos, en las montañas silíceas, constituyendo en estos casos el límite altitudinal del bosque. El mayor desarrollo de los abedulares se da en las montañas del centro y occidente, como sucede en los puertos de Pajares, Ventana y Leitariegos, si bien en el occidente ocupan una banda altitudinal más amplia que en la zona central, reemplazando casi totalmente a los hayedos.
Las hojas del abedul son diuréticas debido a la presencia de derivados flavónicos, administrándose en infusión.
El abedul, también conocido como abidul, abedurio, abidur, abedugu, bidueiro, bidul y bedul, participa en la toponimia regional y algunos ejemplos son: La Bedul (Belmonte, Laviana, Oviedo), Abedul (Piloña), Abedules (Villaviciosa).
El acebo crece en suelos húmedos y ligeros, tolerando bien la variación altitudinal, ya que lo mismo se encuentra en el sotobosque de robledales y bosque mixto que entre matorrales de las zonas bajas, si bien, donde parece encontrar su óptimo ecológico es en la montaña, creciendo entre las hayas o formando pequeños bosquecitos, llamados acebales, en los claros del hayedo, en sotos y laderas umbríos, o en la alta montaña, por encima, incluso, del haya. En estos últimos casos suele convivir con el tejo. Son acebales muy conocidos los del Monte de los Acebos en el cordal del Aramo, los del Sueve y los de algunas zonas altas de los concejos de Quirós, Teverga, Cangas del Narcea, Ibias (bosque de Valdebois), etc.
En Asturias no suele sobrepasar los 15 m, no llegando a superar el aspecto arbustivo en la mayor parte de los casos.
Son árboles de crecimiento lento, y como suele ocurrir en estos casos, muy longevos.
Las hojas son perennes, alternas, fuertes, lustrosas, verde oscuro brillante por el haz y más claro pero mate por el envés. Tienen en general forma oval o elíptica, de 5 a 8 cm de largo. El borde es casi siempre ondulado y punzante.
Dado que es un árbol dioico, unos ejemplares tienen flores masculinas solamente y otros sólo femeninas. Las flores, que aparecen a finales de abril a junio, son blancas (a veces ligeramente rosadas) y salen en las axilas de las hojas en grupos apretados.
Los frutos, que evidentemente, sólo aparecen en los árboles femeninos, maduran hacia el mes de octubre, pero permanecen en el árbol en ocasiones todo el invierno, y son unas bayas rojas, carnosas y venenosas, de no más de 1 cm.
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